21 feb. 2012

Maremágnum, Macedonia y la herencia otomana

La influencia del sistema otomano de administración étnica en la diversidad étnica de Macedonia

19/02/2012 - Autor: Suleyman Tarik Matos Bugallo
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Macedonia, una peqeuña nación en el corazón de los Balcanes
Macedonia
Es un hecho bien conocido que para muchos árabes Al-Andalus y sus tesoros, como la mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada, representan una especie de paraíso perdido. En su imaginario colectivo esta tierra se identifica con un período de esplendor artístico y poderío político que se añora, como si se tratase de la quintaesencia de su cultura.
No se conoce tan bien que para los turcos, el pueblo de origen asiático que durante siglos gobernó muchas de las actuales naciones islámicas, ese paraíso perdido está en los Balcanes. Pudiera pensarse, erróneamente, que los turcos se identificarían más con las estepas anatólicas que hoy constituyen el grueso de su Estado actual. Pero esos espacios abiertos eran en tiempos de los Otomanos el patio de atrás del Imperio, tierra de incultos pastores yörük , türkmen y herejes alevíes, siempre sospechosos de contubernio con el histórico enemigo persa. La sofisticada y educada élite otomana difícilmente se identificaría con ese territorio. La península balcánica, por el contrario, con su frondosidad y su alternancia sin fin de valles y montañas boscosas, representaba la tierra prometida del turco. A fin de cuentas, el periplo de los clanes turcos desde sus originarias estepas centroasiáticas parece haber obedecido al lema de siempre hacia Poniente, siempre hacia el corazón de Europa. Tampoco debemos olvidar que los Otomanos se consideraban herederos de los bizantinos y, al analizar la cuestión de cerca, se podría llegar a la conclusión de que el Imperio Bizantino no había desaparecido, simplemente había cambiado de titular. Y también es de recordar que lo que hoy conocemos como Balcanes era para los otomanos Rumelia, es decir, la tierra de los Rum, los romanos, el pueblo culto de la antigüedad y constructor de un imperio perdurable que los turcos siempre vieron como modelo a seguir. El corazón de esa Rumelia perdida podría estar perfectamente en Macedonia, ese pequeño país, del tamaño de Galicia, encajonado entre Albania, Kosovo, Serbia, Bulgaria y Grecia y que ni siquiera tiene claro cómo se llama: el contencioso por el nombre de Macedonia que enfrenta a esta joven nación con Grecia por su región del mismo nombre hace que se vendan imanes de souvenir con la leyenda “Don’t you F.Y.R.O.M me, call me Macedonia” (F.Y.R.O.M por Former Yugoslavian Republic of Macedonia).
Si hay algo que caracteriza a Macedonia es su exuberante diversidad étnica, en comparación con su reducido territorio. Desde la retirada de la zona del Imperio Otomano muchas comunidades, como la sefardí o la armenia, prácticamente han desaparecido, pero observando algunos datos demográficos del censo de 2006 podemos hacernos una idea de la complejidad social de la zona: de una población total de  2.038.514 habitantes los macedonios son el 65,17%, los albaneses el 24,17%, los turcos el 3,85%, los gitanos el 2,66%... y así hasta 26 nacionalidades. El 66% son cristianos y el resto musulmanes. Claro que los lindes entre algunas de ellas es algo difuso, ya que se superponen criterios religiosos, étnicos y lingüísticos que hacen bailar las cifras, según el punto de vista que se adopte. Por ejemplo, los gitanos se han adscrito con frecuencia a la población turca, ya que son musulmanes y ello les suponía ventajas sociales. Entre los turcos urbanos la mayoría son oğuz, pero entre los rurales, sobre todo en las zonas de Stip y Prilep, son turcos yörük. La mayoría de los albaneses son musulmanes, pero también hay un grupo de ellos católicos (como fue el caso de la Madre Teresa de Calcuta, albanesa católica nacida en Skopje). A la población de lengua macedonia que en el pasado se convirtieron al Islam y adoptaron muchas costumbres y vestimenta turca se les llama Torbesh, como a los búlgaros musulmanes se les conoce como Pomaks, y a veces se les incluye en el grupo macedonio y otras en el de los turcos. Podríamos seguir desglosando particularidades de este mosaico cultural, pero sería una cuestión casi interminable.
A la vista del panorama de tantas nacionalidades comprimidas en tan poco espacio, no es de extrañar que los franceses, en el siglo XIX, bautizaran con el nombre de este territorio a la célebre ensalada de frutas, como reza la leyenda. Es cierto que esta diversidad étnica es uno de los rasgos distintivos de los Balcanes, como resultado de una larga y complicada historia, y ha propiciado en el pasado, incluso muy reciente, choques interétnicos que, en muchos casos, obedecen al intento de imponer la filosofía del Estado-nación, según el espíritu del tratado de paz de Westfalia, firmado en 1648, y que vino a poner fin a un siglo de enfrentamientos en suelo europeo. La simplificación de este espíritu llevó a muchos a considerar que sólo eran viables los Estados en los que se verificaba la igualdad un pueblo-una lengua-una religión-un Estado. El problema es que algo así tan sólo es posible sobre el papel, y nunca en la abigarrada y vieja Europa, lo que  ha llevado recurrentemente a numerosos conflictos basados en la aplicación estricta de este principio, sin el que tan poco se concebirían los fascismos nacionalistas del siglo XX.
Pero en la “otra Europa”, en Rumelia, en aquellos territorios administrados por los Otomanos, los principios rectores de la convivencia interétnica e interreligiosa eran otros. Para empezar, es errónea la asimilación entre turco y otomano, ya que el primer término corresponde a una etnia básicamente identificada por su lengua, mientras que el segundo obedeció primero a una dinastía reinante y, más tarde, a un concepto de ciudadanía, en el marco de un estado imperial, que transcendía los límites de la lengua y la religión. La plasmación del inteligente afán de este Imperio por imponer su propia Pax Otomana la encontramos en el sistema de administración étnica denominadomillet. Según este sistema, cada ciudadano del Imperio se encontraba integrado en unmillet, es decir, un grupo humano definido por su religión y su lengua. Así, había unmillet para los sefardíes, los armenios, los búlgaros, los albaneses católicos, los albaneses musulmanes,  etc…Cada millet estaba sometido a las leyes del Imperio, que se administraba por cadíes que presidían sus tribunales ante un Corán, un crucifijó y una Torah, para visualizar su imparcialidad. Pero, además, a estas comunidades millet se les permitía una cierta autonomía interna, ya que  las autoridades de cada comunidad podían dirimir determinadas cuestiones sin recurrrir a la administración general del Estado. Pero la decisiva peculiaridad de este sistema radicaba en que no se asociaba a otro territorio que no fuese el propio Imperio, es decir, un ciudadano armenio de Anatolia se trasladaba, por el motivos que fuese, a Skopje o Sarajevo, y una vez allí entraba en contacto con las autoridades de su millet en la zona y se registraba en él. Esta supraterritorialidad del sistema millet es una de las razones que ayuda a explicar la intrincadísima diversidad étnica de los Balcanes y se haya en las antípodas del principio de identificación de la nacionalidad con el territorio que triunfó en el resto de Europa.
Es fácil entender que esta manera de regular las relaciones entre las etnias y religiones y el Estado favoreció una gran movilidad. Esta potencial movilidad de las pueblos del Imperio se superpuso a otros dos factores: en primer lugar, la movilidad social basada en el principio de meritocracia que dominó la administración otomana, por lo menos en sus primeros siglos; en segundo lugar, también debemos tener en cuenta la movilidad incentivada, y a veces forzada, de algunas etnias, con el objetivo de poblar zonas incultas o reorganizar la situación étnica de una zona por motivos estratégicos, como el ejemplo de los turcos Gagauz, deportados desde la meseta anatólica a Moldavia (y que, insólitamente, terminaron convirtiéndose al cristianismo, aunque manteniendo la lengua turca) o el caso de los ya mencionados turcos yörük, tribus llevadas hasta al centro de Macedonia entre los siglos XIV y XVI. En esta ocasión su movilidad se vio estimulada desde el Estado al ofrecérseles importantes ventajas, como la exención de impuestos y su participación en las campañas militares no como soldados, si no como cuerpos de apoyo que no entraban en batalla. Esto llevó, como un ejemplo más, a una vuelta de tuerca étnica, ya que grupos de macedonios cristianos terminaron por islamizarse y registrarse como yörük, a fin de beneficiarse de su favorecedor estatuto.
A la luz de estos datos, y por no extendernos más, podemos concluir que el milletotomano jugó en el pasado un papel importante, y bastante desconocido, en el tablero balcánico de la diversidad étnica, cuya influencia se ha extendido hasta el presente. Y pudiera ser, además, que muchos de los sangrientos conflictos que esta parte del mundo ha vivido hayan obedecido a la promoción en la zona, especialmente en el siglo XIX, de idearios nacionalistas excluyentes, extendidos al amparo de mezquinos intereses geoestratégicos de potencias como Francia, Reino Unido y Rusia. E incluso pudiéramos pensar también, a la luz de muchos acontecimientos recientes en diferentes partes del mundo, que poco se ha aprendido de las terribles consecuencias de la manipulación de las sensibilidades nacionales. Pero, por supuesto, esto es sólo una reflexión personal y, en todo caso, sería tema de otro trabajo.

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